El océano al final del camino – Neil Gaiman

Una vez más tuve la suerte de encontrar otro libro del autor Neil Gaiman, éste escritor de ciencia ficción y fantasía oscura que tanto me maravilla con cada una de sus historia; «el océano al final del camino» termina siendo el séptimo libro que le he leído y puedo decir que, además de ser una lectura fiel al estilo encontrado en todas sus obras, es la historia más infantil del novelista; pero no digo infantil como sinónimo de «baja calidad», sino al ambiente que desprende a lo largo de ésta. Es una historia que nos introduce de una forma fantástica en la piel de un niño de siete años (Oh sí, el número siete se repite curiosamente) el cual, como todo niño, en ocasiones siente que no le puede pasar nada y no tiene real conciencia de la muerte así como en otras ocasiones siente la impotencia de su edad ante el mundo adulto en donde su voz no cuenta, en donde no puede actuar de manera alguna para detener o cambiar los sucesos que afectan en su vida; los miedos y raciocinios que se presentan a manera de monólogo nos hace recordar la forma de ver el mundo que teníamos a esa edad; la inocencia y el dejar pasar muchos detalles de cómo actúa la realidad son elementos que a cada momento se nos presenta y que, en segundo plano, se nos explica cómo ese detalle que el protagonista observa e ignora tiene realmente un impacto en su vida. Pero bueno, lo primero es introducir la historia per se:

Empezamos con un protagonista adulto de cuarenta y siete años cuyo nombre jamás se revela en el relato; él, por cuestiones de la vida, regresa a su pueblo natal debido al fallecimiento de un familiar y después de la ceremonia religiosa se dedica a vagar por el pueblo hasta que llega a donde estaba su antigua casa, ahora convertida en una zona residencial, pasando de ella sigue el camino hasta llegar a una vieja granja en donde residía quien fue su única amiga en la infancia de nombre Lettie pero que hace mucho se mudó a otro país, según recuerda; al llegar a dicha granja se encuentra con quien parece ser la madre de Lettie, la saluda y por algún motivo nostálgico decide pasar un rato en la parte trasera de la casa en donde hay un lago y un banco para descansar. Es en este sitio en donde el protagonista empieza a recordar su vida de niño a los siete años; un punto en donde su vida cambió drásticamente y que poco recuerdos le quedan, pero sabe que hasta ese momento fue un niño feliz, o al menos algo feliz debido a que a esa edad no tenía amigos en la escuela y se dedicaba su tiempo libre para leer cuentos de aventuras; aún así recordaba su familia unida, recordaba tener una habitación propia con su colección de libros y recordaba no tener que preocuparse de nada que no tenga que preocuparse un niño a esa edad. Después de algún acontecimiento no del todo explicado por el libro, la familia cae en una crisis económica obligando a que, entre otras cosas y recorte de gastos familiares, el protagonista se mude a dormir a la habitación de su hermana puesto que la suya empezará a ser utilizada para rentar a inquilinos los cuales llegaban y salían de forma periódica hasta que un inquilino en específico, después de una noche, decidió quitarse la vida en el coche de la familia cerca de la granja que se hallaba al final del camino de su casa, fue ese acontecimiento el que provocó que el protagonista conociera a su amiga Lettie Hempstock al igual que a su madre y abuela, dueñas de la granja Hempstock quienes trataron dulcemente al niño y le dieron un gesto de dulzura en la situación en la cual su familia se encontraba pero que además esta familia aparentaba tener cierto misterio a través de sus pláticas, la abuela de Lettie mencionaba haber conocido personalidades que existieron siglos atrás y la misma Lettie decía que el lago que se encontraba detrás de su granja era realmente un océano mediante el cual habían llegado a ese sitio mucho tiempo atrás; paralelamente este acontecimiento también provocó una serie de eventos extraños en su localidad: empezó a aparecer dinero por todas partes, pero de una forma desastrosa, a su hermana y amigos les cayeron monedas del cielo mientras jugaban ocasionándoles lesiones, a una anciana vecina le apareció dinero bajo su colchón lo que provocó que ésta muriera de un infarto y a nuestro protagonista le apareció una moneda en su garganta mientras dormía lo que casi hace que se atragantara con ésta. Todos estos sucesos, según Lettie, fueron provocaron por un ser que se encontraba en los límites colindantes de su granja, un sitio en el cual parecía que la realidad empezaba a cambiar a otra, el cielo tomaba otra tonalidad y las cosas parecían más «irreales»; entonces fue que en un intento de detener a este ser las cosas empeoraron para el protagonista.

El chico de siete años empezó a sufrir la mayoría de los miedos que todo niño puede temer a esa edad, ya estando en una situación incómoda debido a la crisis económica de su familia y haber tenido una experiencia de la muerte con el minero, aparece una mujer extraña en su casa quien en principio sería la nueva inquilina de la casa y que a su vez fungiría como cuidadora de los niños; ésta mujer parece ser amable con todos menos con el chico de siete años; por alguna razón, que no tarda mucho en explicarse, no toleraba nada de él y en más de una ocasión insinuaba que preferiría mantenerlo encerrado todo el tiempo. Pasado un par de días el caos en la vida del protagonista se incrementa al punto de que ésta nueva inquilina parece haber ganado la confianza de la familia entera y pareciera que pretende algo «extraño» con su padre amenazando la estabilidad familiar; la única persona con la cual cree poder confiar es su nueva amiga Lettie. Es aquí en donde un niño de apenas siete años y con un concepto muy ambiguo de la vida empieza a ser aplastado por una realidad que incluso supera a cualquier adulto, conociendo la existencia de otras realidades, de seres que trascienden la percepción humana del tiempo, de lo que parece ser entidades y leyes cósmicas que se encargan de mantener a la realidad estable, todo esto percibido de la forma en que un niño de siete años de edad puede percibir, con mucha confusión y poco entendimiento de los sucesos, pero deseando que acabase pronto; su vida empezó a correr peligro de múltiples formas, tanto con su familia poniéndose en su contra de forma moral, incluso llevando a su padre a realizar actos crueles, hasta ser amenazado por entidades que están más allá de su entendimiento y que ni siquiera tiene forma de recordar. Nuestro protagonista queda aplastado por una realidad superior que muestra ser distinta a cualquier enseñanza que haya recibido o historia de aventuras que haya leído; simplemente es una realidad más cruel a la vez que compleja que recuerda a las historias relatadas por H.P. Lovecraft, en donde existen entidades que trascienden las realidades y para quienes los humanos e incluso universos enteros no son nada más que un insignificante objeto flotando en un inmenso mar de realidades.

He de volver a recalcar que todas estas experiencias son relatadas desde la perspectiva de un niño; alguien que siempre tiene miedo por no entender casi nada, alguien a quien le asusta todo el cambio y que está pasando por un punto crudo de su vida pero que a su vez, en ciertas ocasiones, no logra entender la peligrosidad de la situación o entender qué significa realmente morir, sufriendo más por la actitud familiar que de su vida en sí en la mayoría de los casos. Teniendo como única esperanza a Lettie pero que, desde la impotencia de ser un niño, en la mayoría de los casos no puede llegar con ella a pedir ayuda.

Al final del relato, Gaiman juega con el concepto de los recuerdos, aludiendo a que con el tiempo éstos llegan a cambiar e incluso olvidarse, y es que hay que recordar que toda la historia es finalmente los recuerdos que le llegan a protagonista cuarenta años después al regresar a la granja de su amiga; y es justo al final, cuando recuerda todo, o casi todo, que se percata de la realidad en la que vive y se vuelve a cuestionar su motivo de vida al entender que, en gran medida, a los siete años se le dio una segunda oportunidad para seguir con una vida normal pero es también cuando se le vuelve a recordar, de adulto, que la realidad es más complicada a la par que cruda, no importando si se es un niño o una persona mayor. Finalmente el protagonista deja la granja para volver con sus familiares pero no como una persona mejorada como cabría de esperar de alguien que vivió todo eso de niño, sino que de la misma forma en la que llegó a la granja únicamente con un poco más de energía para continuar con su vida.

Es fácilmente tener empatía con los sucesos, y es que ésta lectura pone a prueba los recuerdos que tenemos de nuestra infancia, nos vuelve a poner en la piel de un niño y sentir de la forma en la que siente alguien a los pocos años de vida; no es una historia que induzca miedo en sí, pero que nos puede sacar el aliento al intentar ponerse en los zapatos del protagonista al pasar por esos sucesos que página a página se van acrecentando hasta el punto de crear una realidad majestuosa, uno de los tantos mundos que Neil Gaiman crea para sus historias. Para mí, al igual que siempre al tratarse de Gaiman, es una historia que no deja a deber nada y que nos mantiene atrapados una vez nos introduzcamos ésta.

Deja un comentario